Catalizar un ecosistema de emprendimiento para nutrir a emprendedores con enfoques diversos que transformen es posible. El impacto potencial del emprendimiento es claro a nivel económico: se genera valor a partir de oportunidades de negocio relacionadas a las demandas latentes insatisfechas del mercado. A su vez el emprendimiento en un entorno que acarrea un enorme potencial de impacto político y social, porque una gran cantidad de las demandas latentes están vinculadas a los problemas y las necesidades más urgentes de la sociedad. Sin embargo el ecosistema de emprendimiento está innegablemente subdesarrollado.

Más emprendimientos nacen en la informalidad por la necesidad de generar ingresos ante el desempleo, usualmente con prospectos limitados de crecimiento, que en respuesta a demandas latentes y oportunidades reales de negocios escalables y acceso a mercados. Esto se debe en parte a la concentración extrema del poder económico y político, a las altas tasas de pobreza, desigualdad y corrupción, a la aversión generalizada hacia el pensamiento crítico, disruptivo y divergente, a los bajos niveles de desarrollo humano y a lo difícil que es hacer negocios. El emprendimiento puede contribuir a transformar el país profundamente, pero difícilmente se realizará ese potencial sin que a la vez se den cambios sistémicos en sus instituciones políticas, económicas y culturales.

En Por qué fracasan los países Acemoglu y Robinson proponen que el éxito o fracaso de un país dependen del ciclo vicioso o virtuoso entre sus instituciones políticas y económicas, mismas que se ubican en un espectro entre las extractivas que centralizan el poder y las inclusivas que lo descentralizan. Los procesos políticos nacen de las instituciones políticas y definen las instituciones económicas. Estas generan los incentivos económicos, que influyen en las instituciones políticas. El ciclo se repite indefinidamente y las instituciones se deslizan hacia uno u otro lado del espectro. Las contingencias de la historia usualmente aceleran y raramente cambian la tendencia. Es una tesis refrescante en un mundo economicista y particularmente en la Nicaragua del supuesto consenso donde se pretende separar el porvenir político del económico.

Los emprendedores necesitan ejercer influencia política para potenciar sus posibilidades de éxito y promover sus intereses. En países con instituciones políticas inclusivas es tan simple como ejercer el voto o exigir rendición de cuentas a la administración pública. No es el caso en Nicaragua. Un emprendedor se convierte en su propio cuello de botella cuando no tienen acceso al talento para escalar su negocio. En el contexto nicaragüense no puede influir en el sistema educativo. Una innovadora prolífera necesita proteger su propiedad intelectual. En el contexto está a merced de la primera persona conectada al poder que le quiera plagiar. Una emprendedora turística necesita presionar a la municipalidad para que desarrolle mejores espacios públicos que hagan de la ciudad un destino más atractivo. En el contexto nicaragüense sus posibilidades de incidir para que sus impuestos se inviertan bien son nulas. El acceso a tecnología es clave para los emprendedores, pero no logran fomentar políticas e inversiones públicas para ello. El emprendimiento en Nicaragua necesita una masa crítica de emprendedores, intermediarios e inversionistas fomentando la creación de instituciones políticas inclusivas.

Las instituciones económicas imperantes son mayormente extractivas; muchas dependen de la explotación de los recursos naturales con mínimo valor agregado, la mano de obra barata con un bajo nivel de sofisticación y los privilegios heredados de pequeños grupos. Este tipo de instituciones han generado incentivos que perjudican el emprendimiento. Es tal la brecha de acceso a recursos para emprendedores en etapas tempranas por el estancamiento de los mercados financieros que no sorprende la inclinación de tantas personas talentosas por migrar buscando países donde la meritocracia sea más que una utopía. Esto disminuye el universo de posibles emprendedores y también obstruye el acceso a talento para emprendedores que no pueden competir con las pocas grandes empresas que florecen ni con la promesa de sociedades más prósperas.

Estos incentivos también impactan negativamente en el rol de sectores que sí tienen la capacidad de invertir. Aún entre grupos empresariales grandes con recursos abundantes son pocos los casos de innovación e inversión en investigación y desarrollo. Son todavía menos los casos de empresarios grandes dispuestos a invertir y acompañar a emprendedores prometedores. El acceso a mercados de exportación parece estar reservado para quienes ya lo saben navegar y la competencia desleal favorece a ciertos actores frecuentemente. A falta de competencia y con abundancia de privilegios es de esperarse que quienes podrían dinamizar la matriz económica y crear nuevas cadenas de valor que estimulen el emprendimiento decidan por el contrario evitar riesgos y apostarle a más de lo mismo. Para que el emprendimiento en Nicaragua evolucione hacia iniciativas que responden a demandas latentes y tienen prospectos reales de crecimiento se necesitan instituciones económicas inclusivas que incentiven la articulación entre emprendedores emergentes y empresarios establecidos, la competencia y la disrupción, nivelando las reglas del juego.

Una serie de cambios culturales y mentales también son indispensables para desatar el potencial del emprendimiento. Emprender requiere la capacidad de identificar, entender y definir problemas, necesidades y deseos de clientes de una manera accionable para convertirlos en oportunidades de generación de valor. La rentabilidad es clave, pero debería ser un medio y no el fin. La pasión del emprendedor debe ser casi una rebeldía, una fijación por cambiar a través de servicios, productos y modelos de negocios aquellas realidades que le disgustan. Se necesitan gestionar cambios culturales  desde los hogares, las escuelas, las universidades y las empresas para lograrlo. Los emprendedores deben aprender a estar abiertos a la colaboración y la crítica, a confiar para trabajar con socios y mentores, a comprometerse con el pensamiento crítico, disruptivo y divergente para innovar. La empatía les puede ayudar a entender mejor a sus usuarios; la inteligencia emocional a enfrentar la adversidad con resiliencia. Y, definitivamente, el ecosistema de emprendimiento necesita ser más diverso para llegar a su máxima expresión. El racismo, el machismo, la homolesbotransfobia y todos los tipos de discriminación obstaculizan el desarrollo de mujeres, personas indígenas, afro descendientes y LGBTI en roles de emprendedores y talento. También generan prejuicios que impiden identificar, entender y definir los problemas, las necesidades y los deseos de estas personas, impidiendo la identificación de oportunidades para generar valor.

La sustitución de instituciones extractivas por inclusivas—según las describen Acemoglu y Robinson—y el florecimiento del emprendimiento en Nicaragua podrían ir de la mano alimentándose mutuamente; o el ecosistema de emprendimiento podría permanecer truncado a la vez que el país sigue siendo autoritario, corrupto, desigual, pobre y sumiso. Los cambios culturales y mentales podrían jugar un papel en fortalecer a los emprendedores, a sus capacidades de generar valor para diferentes segmentos y especialmente en potenciar el impacto del emprendimiento más allá de lo económico. Independientemente de cómo se sigan desarrollando las instituciones políticas y económicas y el ecosistema de emprendimiento en el país, sin duda seguirán surgiendo y creciendo emprendedores extraordinarios desafiando todo, logrando sus objetivos y generando valor e impacto social. Deben realizar esfuerzos y movilizar a sus aliados para generar cambios sistémicos y ciclos virtuosos que incrementarían el potencial de sus iniciativas.